Le conocí ya casi anciano en su taller de Unquera. Refunfuñando y
riéndose casi al mismo tiempo, como sólo refunfuña y se ríe quien tiene
el alma limpia y que sabe que estar aquí ya no es más que un regalo,
porque todo lo que tenía que hacer está hecho.
Máximo era zapatero, remendón. O lo había sido. Y entretenía sus días
trabajando sin trabajar. Arreglando sin arreglar todo lo que caía en sus
manos. Protestando sin protestar. Porque cuando uno es feliz de verdad
sólo protesta por lo que no tiene importancia.
Máximo era zapatero, remendón y, se ha ido sin conocer a Manolo Blahnik.
Menos mal. Se ha ido sin tan siquiera saber qué son unos "manolos" y
mucho menos lo que cuestan. Si llega a enterarse, si se llega a tropezar
un día con Blahnik en la cafetería El Pindal, o en el ferial del
Llance, le hubiera mirado desafiante y guasón, mientras le espetaba una
de sus frases lapidarias : "Estos son los típicos zapatos que no gustan
a quien le gustan los zapatos". Y, tendría más razón que un santo.
E.M. San Feliu de Guixols. Costa Brava.